jueves, 5 de mayo de 2011

DESDE MI VENTANA

Veo caer las gotas de lluvia a través de la ventana. En un lento, casi agónico manto de agua limpia, se turbia el paisaje lejano. Me trae recuerdos. Se me van los pensamientos desde el pasado al futuro inmediato, pasando por el presente, hasta llegar a veces al absurdo.
En definitiva, es que la mente palidece ante la enormidad de acontecimientos, todos de importancia, tanta, que no parece querer detenerse en ninguno de ellos en concreto. Y que tampoco quiere dejar de abordarlos todos, porque hiere tanto no querer saber, como intuir demasiado. Es frustrante. Porque sabemos que hay verdades que verdades son. Y verdades mediáticas de las que nos creemos lo que entrelineas podemos leer. Y verdades que directamente son mentiras. Debo suponer que siempre ha sido así. He de suponer también que siempre será así. O no. Quizá estemos sumando individuos a un cambio de cristal con el que ver las gotas de lluvia a través de la ventana. Quizá la suma sea parte ya, de una historia que comienza en nosotros. Quizá seamos parte de un inicio que cambie, revolucione y evolucione el mundo. Se me hace i-reflexible concentrar mi energía en un hecho que puede modificar conductas futuras.
Son tiempos aciagos en los que la templanza es la única manera de enfocar cuestiones transcendentales, de manera individual, para que de forma colectiva se paseen por una sociedad necesitada de inmaterialismos. Nuestra cultura occidental precisa de una lógica evolución. Algo que debe tener en cuenta lo andado hasta ahora, recoger las experiencias y visualizar cual es la clase de futuro que queremos para nuestra vejez, para la expectativa de vida de nuestros hijos, y para el futuro de nuestros nietos y demás generaciones. Está en nosotros alcanzar las más altas cotas de conocimiento social, para disponer de nuestros recursos, todos, de manera indefinida.
Ese turbio paisaje lejano, está lleno de guerras interesadas, inventadas o intervenidas, por razones de patriotismo, por otras de recursos energéticos, por aquellas que mantienen la atención desviada de la sociedad, esas que mantienen una industria destructiva que genera empleos a unos y riquezas a otros. Son esas guerras en las que mueren inocentes, otros engañados, son mutilados salvajemente, la mayoría dejan las posesiones de toda una vida para huir del lugar que les vio crecer. Mujeres que ven morir a sus hijos. Hombres que lloran la impotencia ante la masacre. Niños que extienden los brazos buscando a una mamá, que yace acribillada a su lado. Lágrimas que surcan las mejillas inocentes de las niñas violadas salvajemente. Gritos de dolor en la noche de los poderosos, que con ojos invisibles ven en verde, que no en rojo, la sangre de un pueblo. Un pueblo que amanece llameante y lloroso. Estas son las guerras que hacen ricos a los fabricantes de armas, a los saqueadores de petróleo, a los vengadores de lo invengable.
Pero ese turbio paisaje lejano, se torna en otras maneras de hacer morir. Formas invisibles de la muerte que, calladamente irrumpen en la piel de los inocentes, en las células indefensas de los más desprotegidos. Y nos las callan. Nos las tratan de ocultar en la lluvia para que no veamos la realidad de que lo que ocurre, será tan duradero en el tiempo como la vida misma. Mientras, los poderosos en búnkeres habilitados contra la muerte silenciosa, lanzan mensajes de esperanza. Una esperanza sumisa que comprime el estallido de la vida en almas ajenas.
Aún cuando a través del cristal de mi ventana, he traspasado los límites visuales, soy capaz de intuir el turbio paisaje que empalaga dulcemente, prometiendo balsas de aceite medicinal que menguará todos los males que otros políticos nos han traído. Es momento del rugir de las promesas, del conseguir votos y adeptos, de atontar y enfrentar. Porque así de turbia veo la democracia. Cuatro años para ir despertando y, cuando ya casi lo hemos conseguido, vienen los dueños de las ilusiones a imbuirnos en un sueño del que tardaremos otros cuatro en comenzar a despertar. Y entre tanto, Gurteles, Chavez´s, Bonos, Matas y demás estirpes consiguen fructificar sus bonsáis es paraísos fiscales, alejados de miradas somnolientas y de impuestos elusores. Palabro éste impuesto por los mismos defraudadores en pos de una conciencia limpia, pues la corrección seria evasores de impuestos. Nuestros impuestos. Nuestras almas llenas de esperanzas, depositadas en lejanos paraísos que sólo nos atrevemos a soñar, pues soñando estamos.
Las brumas que no son capaz de ocultar la lluvia, procedentes de las energías fósiles, se respiran, las respiro a través del cristal de esta mi ventana, que hoy hago también tuya. Nuestros límites sociales se encumbran en bólidos enquistados en un consumo de recursos que mata el aire que respiramos, para dar vida al ego que alimentamos sin saber, que ese ego es humilde ante las puertas de la muerte. Y que ese aire está modificando la climatología de manera que nadie es capaz de vaticinar lo que se nos vendrá en un futuro próximo. Un aire envenenado con consciencia económica, modificador de conductas políticas y un aire, que impide que la naturaleza genere su propio equilibrio. Un aire que nos matará.
El dinero, un bien tangible que se consigue de forma intangible. Es lo ocurrido durante la última década. Este es el causante de todas las formas de maldad humana. Y lo será en el futuro si no se le cambia el origen, el acuñamiento y el destino. Individualmente, sólo ha de servir para las necesidades básicas. Porque las necesidades sociales, espirituales, solo requieren de la participación de otros individuos. Todo esto significa que, desde mi ventana, se me acaba de enturbiar todo el cristal. El polvo del dinero me impide ver ni tan siquiera la lluvia. Es la madre de todos los problemas y el padre de todos los causantes de los problemas.
Así con todo, solo alcanzo a vislumbrar incertidumbre futura, entremezclada de mentiras, verdades, oportunistas, conspiraciones y conspiranoyas, profecías, y la certeza de saber que sé que esto es así. La creencia en todo ello, depende de cada individuo y de su ventana. También las gotas de lluvia inciden en la limpieza del paisaje. Habrá quien limpie los cristales con los billetes morados para ver un paraíso costero. Otros sólo verán el lienzo del cine que le han puesto delante, sin alcanzar a ver que detrás está el verdadero paisaje. Otros limosnearán gotas negras de energías impuras, con las que limpiar sus egos, ennegreciéndolos aún más. Otros querrán erigirse en modelos de cambio, humildeando sus costumbres para parecer cercano dentro del paisaje.

Pero yo, hoy, desde mi ventana, solo pienso en la mirada inocente de quien sabe y no comprende. Y veo el abierto paisaje con sus montañas difíciles de escalar, sus ríos innavegables. Veo un desierto abrasante que me espera para secar mi piel y mi alma. Veo un valle verde esperanza a lo lejos. Veo que por encima de las nubes, está el sol. Y que se hará de noche, y la luna me hará soñar. Y comprendo que todos y cada uno de nosotros, tendremos que subir a la montaña, navegar el río, atravesar el desierto, soñar bajo la luna, y caminar entre las gotas de la lluvia, para llegar a ese valle lleno de esperanza.

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